"Querida amiga Mercè Rodoreda,
He enviado dos juegos de pruebas de "Espejo roto" a la gente de Madrid que se encarga de presentar nuestros libros a la censura. Los editores catalanes no podemos imprimir nada sin censura previa; así continuamos treinta y tantos años después de terminada la gran serenata. "
Esto, que es el comienzo de una carta que Joan Sales envió a Mercè Rodoreda el 29 de noviembre de 1974, podría haber sido el comienzo de una carta que el editor de Seix Barral hubiera enviado a Mario Vargas Llosa tan sólo un año antes, en referencia a su novela Pantaleón y las visitadoras.
Chirría sentir que el Nobel, que vivió en Barcelona entre 1970 y 1974, diga que en aquellos años en Barcelona reinaba un ambiente cultural excelso, comparable al de la Europa más avanzada de la época. La única explicación posible a esta afirmación que ayer hizo Vargas Llosa desde el escenario de los discursos finales de la manifestación en Barcelona es que los escritores que vinieron a parar aquí entonces lo hicieron en una situación de privilegio, instalados bajo el ala de una Carmen Balcells que les hacía -de una manera magistral además- todo el trabajo sucio.
El periodista Xavier Ayén explica en su libro Los años del boom (RBA, 2016) que tanto en los años 60 como en los 70: "Llegaban novelas clandestinas y se daban situaciones extrañas. Podía ser que una obra estuviera parada en la censura y que, sin embargo, se pudiera conseguir como producto de importación. Así había muchos menos ejemplares de los que las editoriales querian publicar de manera legal. En Barcelona, por ejemplo, se podían conseguir en la librería francesa. Era un circuito muy minoritario y estos libros no llegaban al gran público ".
Una copia de Pantaleón y las visitadoras, novela que al igual que otras obras de Vargas Llosa tuvo que cumplir con el mismo procedimiento previo a la publicación que Espejo roto, llegó devuelta por el censor con una nota pegada que decía, entre otras perlas : "Todo el libro se sexo". Ayer sin embargo, Vargas Llosa no subió a aquella tarima para explicar todo esto. El mensaje que había decidido transmitir era totalmente otro, y aquí es donde chirría todo ello, porque ¿en qué momento decide un escritor no sólo obviar la censura que ha sufrido su obra sino explicar que recuerda aquellos años con nostalgia, como los mejores para la cultura y la intelectualidad?
Es muy grave que alguien con la autoridad intelectual de un Nobel adapte su discurso para ponerse en uno de los bandos de un conflicto que moviliza a tanta gente obviando, además, la cosa -la censura- que va más en contra de su propio oficio. La única explicación que encuentro es que Vargas Llosa vivió en una burbuja aquellos cinco años que vivió aquí. Lo que hizo ayer fue un abuso a los catalanes y a los españoles y un insulto a sus colegas. Otro más.
(El Nacional)