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| Muestras de alegría por la proclamación de la República |
La proclamación de la República Catalana, por el Parlamento de Cataluña, es un hito histórico. Lo es por todo lo que representa en nuestro imaginario colectivo y porque evidencia que este gobierno, en comunión con la ciudadanía, ha puesto por encima de todo -y por todo quiero decir que lo que democráticamente anhela la ciudadanía debe ser implementado por sus representantes legítimos- la voluntad de libertad de un pueblo al que se está impidiendo decidir su futuro. Tanto es, por el gobierno español, que la mayoría de catalanes quieran votar. Tanto es si todo el Parlamento decide que no quiere privar, los que lo pasan peor, de calefacción en invierno. Tanto es si desde el primer al último ciudadano de este país convenimos en un acuerdo determinado. Porque nada de lo que podamos decidir, por justo y deseado que sea, se puede hacer si el gobierno del PP, o del PSOE, o de todos ellos, no lo autoriza. Es más, estamos sufriendo un proceso de involución del autogobierno constante y sostenido, hace años, y una toma de decisiones del gobierno español con voluntad manifiesta de perjudicar la sociedad catalana. Nunca como ahora hemos visto con tanta crudeza como apresuraban a cambiar la legislación para incentivar el traslado de sedes sociales a empresas. O como llegan al extremo de presionar grandes empresas para llevársela las de Cataluña. Nada nuevo pero. ¿Cuántas veces no hemos visto y sufrido decisiones arbitrarias y caprichosas en la política de infraestructuras? El Corredor Mediterráneo es un ejemplo bien conocido. Pero hay tantos que da miedo la lista. Tanto como las constantes decisiones del TC, suspendiendo sistemáticamente todas y cada una de las iniciativas del gobierno o el Parlamento. Y da igual si se trataba de igualdad de género o de nuevos tributos o de cualquier medida de carácter social o económico. Todo, cada vez más, ha sido laminado por el TC a instancias del gobierno del PP.
Diría que hemos intentado hablar siempre, por tierra, mar y aire. Nunca han correspondido. Siempre nos hemos encontrado el mismo muro de incomprensión, el mismo rechazo, la misma actitud de desprecio, la decidida voluntad de no reconocer al otro como sujeto de derechos, como interlocutor. La relación que el gobierno español ha impuesto siempre en Cataluña es de subordinación arbitraria y caprichosa, de sometimiento. Nunca nos han querido convencer y siempre nos han querido vencer. Por eso nunca nos han intentado seducir sino que han querido resolver el malestar creciente en Cataluña con arrogancia y visceralidad. Sólo así se explica que quisieran detener el 1 de Octubre a porrazos indiscriminados, con amenazas y coacciones y sin ninguna voluntad de escuchar nada más que nuestro silencio y acatamiento servil.
Quizás ingenuamente creímos que votante, que haciendo un referéndum, que luchando pacíficamente por lo que quería la mayoría, nos escucharían. ¿Cuántas veces no habíamos escuchado que en ausencia de violencia todo era posible y se podía hablar de todo? Pues no, no es así. Es más, hemos visto violencia, tanto de uniformados como de grupos de extrema derecha que han actuado con total y absoluta impunidad. Zurrar personas, en nombre de según qué ideas, parece ser que es lícito.
El gobierno legítimo de Cataluña ha sufrido un acoso como nunca se ha visto en Europa. Lo que en Escocia fue posible, en Cataluña ha sido perseguido hasta el punto de detener servidores públicos, encarcelar dirigentes de entidades y pegar salvajemente a personas que sólo querían votar.
Todo ello lo han rematado estirando una Constitución que han deformado e interpretado al gusto de aquellos que no la querían y que de hecho habían votado en contra. Hoy resulta que son aquellas formaciones políticas más cercanas al franquismo las que se han erigido como intérpretes y garantes de la Constitución, lo que no deja de ser toda una paradoja. Han sido capaces de pasar por encima de todos los preceptos constitucionales sólo para preservar el artículo segundo. La unidad del estado por encima de todo y todos.
Y es aquí donde hemos dicho basta, porque poner en valor la dignidad y validar la voluntad popular no podían esperar eternamente. En un proceso de reconocimiento de derechos, que es donde en buena medida somos hoy, no se gana paso en el primer embate, sobre todo si delante tienes un Estado que no sólo no responde a los intereses de su ciudadanía sino que es capaz de utilizar toda su maquinaria para golpear literalmente millones de ciudadanos sólo porque quieren votar. Y tiene gracia que estos días hayan dicho que éramos unos golpistas, cuando los únicos golpes han sido en la cara de personas que querían ejercer su derecho a voto o de los grupos de extrema derecha que han atacado ciudadanos sólo por sus ideas. No podemos reconocer el golpe de estado contra Cataluña, ni ninguna de las decisiones antidemocráticas que está adoptando el PP con control remoto desde Madrid. El presidente del país es y seguirá siendo Carles Puigdemont y la presidenta del Parlamento es y seguirá siendo Carmen Forcadell, al menos hasta el día que la ciudadanía no decida lo contrario en unas elecciones libres.
La República Catalana ha nacido, no con la fortaleza que quisiéramos pero sí con la legitimidad de las urnas, tanto para las elecciones con más participación de la historia como por un referéndum heroico, hecho por la ciudadanía, con la voluntad ciudadana como principal baluarte . En este proceso hemos conseguido generar consensos y claras complicidades con nuevos actores sociales y políticos más allá del independentismo. De hecho hemos visualizado que la causa que defendemos tiene poco que ver con banderas y mucho con los derechos sociales y políticos de todos, con la construcción de una República justa, democrática, que tenga como objetivo servir a los intereses de la ciudadanía, que nazca libre de hipotecas y de privilegios hereditarios en manos de unos pocos. Queremos una República que tenga como objetivo prioritario la justicia social, la prosperidad económica y el servicio a la economía productiva.
Los próximos días tendremos que tomar decisiones y no siempre serán fáciles de entender. Necesitamos una estrategia compartida que decía Albano Dante hecho, a quien debemos agradecer su compromiso inequívoco con la libertad y la justicia, con los valores universales que todos debemos defender. En el camino que nos queda por recorrer, a menudo largo y empinado, para asentar gradualmente un nuevo marco de libertades, es imprescindible tejer sólidas alianzas con todos aquellos actores sociales y económicos que tienen la decidida voluntad de construir un verdadero Estado al servicio de la ciudadanía . Ya hemos iniciado el camino y vamos constatando que nos pondrán todo tipo de trabas, que nos lo pondrán muy difícil, que no escatimarán recursos para hacernos desfallecer, puede que haya momentos de incertidumbres, de dudas o de contradicciones entre lo que queremos y el camino que escogemos en cada fase para llegar. No tenemos otra opción que seguir adelante, que acumular fuerzas, que seguir cargando de razones, de compartir inquietudes y alegrías, fracasos y esperanzas, de saber encajar los golpes para volvernos a levantar, sin renunciar nunca a las urnas para validar la República, y preparando al mismo tiempo unos futuros comicios municipales que deben ser claves en el asiento de esta República.
La aplicación del 155, pactado por el PP y el PSOE, para someter y liquidar el autogobierno, la voluntad de diálogo, para limitar los derechos y libertades, para perseguir a los representantes de la ciudadanía, para imponer su fuerza bruta, nos obliga a perseverar ya la vez a ser más fuertes para acabar tener éxito. Hoy en Cataluña hay una clara disociación entre la voluntad democrática de la ciudadanía y el poder público que se ha pretendido apropiarse de las instituciones -que no nos podemos dejar perder- para ejercer su control despóticamente, nada más lejos de las prácticas democráticas . El PP, con la absoluta complicidad del PSOE, ha entrado en Cataluña con la decidida voluntad de intervenir el modelo educativo, de controlar los medios de comunicación, de poner nuestro cuerpo policial a su servicio, de descapitalizar el país, de convertir -el en una provincia más de una España uniforme que no tolera la pluralidad nacional, de aplastar toda disidencia por democrática que sea y de liquidar toda esperanza de diálogo. Y eso no lo podemos permitir, no quedaremos impasibles. La respuesta a la usurpación de las instituciones, del 155, debe convertirse en un clamor y una prioridad.
Ante este ataque a las personas e instituciones del país debemos recomponer nuestras fuerzas y estrategia, perseverar siempre y no tener ninguna duda de que si seguimos, que si desde el civismo y la actitud pacífica de siempre no nos dejamos pisar, conseguiremos avanzar hasta allí donde nos proponemos. Porque el coraje que ha demostrado este país estos días es tan aleccionador y tiene tanta fuerza que tarde o temprano acabará traduciéndose en la consolidación de la República Catalana plena y verdaderamente justa y democrática.
(El Punt Avui)
