Trabajo sucio.
Eva Vaz.
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016.
87 pp.
Si atendemos a la fecha de nacimiento de la autora, podemos afirmar que Trabajo sucio se ha escrito al filo de esa coyuntura que la psicología de andar por casa denomina “crisis de los cuarenta”: un momento propicio para el balance vital, el recuento de pérdidas y la puesta en valor de los propósitos y principios válidos con los que arrostrar la fase siguiente. Una crisis, por otra parte, de la que no han dejado de ocuparse, ahora y siempre, todos aquellos poetas que buscan en el anecdotario cotidiano iluminaciones y motivos de reflexión sobre las grandes cuestiones de las que, en último término, se nutre toda poesía.
Hay, en efecto, un sabio empleo de lo anecdótico en este poemario. Poemas como “Lunes otra vez” o “Catalonia Place” pueden entenderse como entradas de un diario (“Estoy en la habitación del hotel, / junto a la ventana abierta. Llueve”). La cuarta sección del libro la componen tres poemas referidos a otras tantas visitas al dentista. Y el poema que cierra el libro, “La fiesta”, en el que se describe el entorno lúdico en el que se efectúa el despiece de un atún, incluye versos que podrían entenderse como planos de un reportaje costumbrista: “La piel brilla al sol de septiembre / mientras los niños, sentados en el suelo, / se salpican de sangre y jolgorio”.
Certifican estos poemas-reportaje –cabría acordarse de los que, con esta misma denominación, escribió José Hierro– el compromiso de la autora con la realidad fielmente observada. Pero Trabajo sucio no se reduce a esta mirada, digamos, documental; por el contrario, el libro alcanza sus cotas de mayor intensidad cuando la lúcida observadora cede su lugar a una poderosa voz poemática, desinhibida y valiente, que se dirige a diversos interlocutores, explicitados o no, y ajusta cuentas con ellos desde una perspectiva de desenmascaramiento en la que la dueña de esa voz cifra su propia ganancia vital, descontadas las decepciones, desengaños y pérdidas que han quedado en el camino. Ante esta despiadada –aunque también comprensiva e incluso tierna en ocasiones– interlocutora comparecen, como ante Dante en su periplo por los infiernos, amigas, conocidos, amantes –hay un poema muy curioso sobre uno que sigue la actividad de la protagonista del poema en una red social: “Sé que cuando vuelves a casa / repasas mis fotos”– e incluso una hija adolescente, a quien dirige el que quizá sea el más certero de los poemas que componen el libro, por la exactitud del retrato psicológico que hace de ambas interlocutoras: “Cuando regreses” –dice irónicamente la madre a la hija– “vas a asustarte de lo mucho / que he crecido en estos meses. // Ya soy más alta que tú”.
De esa “altura” figurada, conseguida a costa de un costoso esfuerzo de reafirmación personal, habla el puñado de poemas difícilmente olvidables que hay en este libro. No siempre la poesía deja en el lector esa lograda –y nada complaciente o halagadora– impresión de verdad.
(José Manuel Benítez Ariza, La Ronda del Libro, vía La Isla de Siltolá)
