Riamos, riamos, o el mundo se acaba (Sònia Moll)

Empecé a escribir estas líneas el pasado domingo, después de haberme sorprendido con un escalofrío de emoción cuando escuchaba como la multitud reunida en Madrid a favor del referéndum cantaba "La estaca" de Llach. Sorpresa, digo, porque no recordaba la última vez que el proceso me hizo vibrar de esta manera. El 9-N, tal vez. Ha llovido. Desde el año pasado, de hecho, me había desconectado casi por completo. Hace sólo un par de meses todavía comentaba en mi círculo cercano que estaba desanimada y cansada con el tema, que había perdido la ilusión. Y de repente, me encuentro un domingo por la mañana emocionada hasta el tuétano con una calle de Lavapiés lleno hasta los topes de gente que canta aquello de Si tiramos fuerte ella caerá.

No diré que las acciones represivas del Estado español no hayan podido contribuir a estos arrebatos emotivos despertando cierta rebeldía quizás adolescente (?) ( "Que me prohíbes ?, pues ahora que voy") escondida ve a saber dónde, pero a pesar de sus remarcables esfuerzos, no pueden llevarse el mérito. Sé que todo comenzó con un crucigrama y una furgoneta. Con Rufián, primero, y su comentario bonhumorat a la definición "granuja de ERC" que Marc Isern le había dedicado en una horizontal de los autodefinidos de El Periódico: "La de hoy era fácil", dijo el diputado; una sonrisa y buena yacía y seguimos, alejándose de las susceptibilidades que llenaban de indignación los foros y los tuits sobre el chiste. Pero aún tenía que venir el mejor: al insulto de un usuario de Twitter que le decía "Había otra más fácil, pero de 9 letras: gilipollas", Rufián le dedicó un: "Son 10, figura". Y yo, que no soy especialmente de la broma, experimenté una catarsis de hilaridad que iba mucho más allá del impacto por la admirada viveza del diputado. Ya entonces me pregunté qué me hacía tanta gracia, ya ves tú. Pero me hacía, y no sólo eso: sentía que me liberaba de alguna tensión que ni sospechaba que existía y que probablemente era una masa amorfa de frustración, indignación, cansancio y desánimo alimentada los últimos años a base de tertulias infumables, mesianismos insufribles, insultos machistas a diputadas y concejalas (femenino no genérico) de varios partidos, rajoyades indignantes y amenazas del Gobierno, por no hablar del pressingCUP. Aquella primera carcajada conseguía deshacer un poco la bola que no me dejaba volver a ilusionar con el proceso. Aunque tenía que venir el "granuja" con la misma sonrisa y una impresora bajo el brazo, "arma del delito", y su papeleta "para consumo propio", que también contribuyeron a la risa espontáneo y seguir desintegrando tensiones acumuladas. Luego fue LA furgoneta. Y el caracol, la sandalia, el "yo-der" de Fernández, los huevos rotos y batidos a ritmo de mambo, y el cacharro-proceso (que algunas empujábamos con más pena que gloria) despeñado literalmente por un barranco que no, no era Ítaca, ya lo decía Reguant, ni se le parecía de lejos. Y Machado y Kafka para reírse de la estupidez de los demagogos y los tramposos, y Goldman y Kalho iniciando el baile como dos novias en una boda, "No hay nada más hermoso que la risa", y mientras aparecían en la pantalla las palabras de la pintora mexicana, la risa (la risa pero sobre todo la palabra) venía a mí como un torrente, resonando por e-dentro con un soplo de oxígeno, llenándome todas las vísceras, como si fuera un Om de estos que se hacen en clase de yoga.

Bromas, ironías finas y sonrisas para contrarrestar los insultos, las amenazas y las violencias. Para deshacer nudos y abrir espacios que dejen volver a entrar la ilusión, la convicción y las ganas. La energía que mueve la risa se me ha revelado estos días mucho más potente que la que genera la rabia, tal vez porque la primera abre y ensancha, mientras que la segunda se mueve con una fuerza centrípeta hacia el núcleo de ella misma y avanza reconcentrada ya ciegas, sin dejar espacio a la vida. Por primera vez, la frase "Y con la sonrisa, la revuelta" dejaba de ser un eslogan para atravesar el cuerpo y transformar el pensamiento y la acción. Sonrisas y la vida en el centro, expandiéndose imparable y vinculante personas que hace dos años (no hemos perdido no la memoria) se habrían arrancado los ojos y el hígado las unas a las otras olvidando que todas arrastraban el mismo cacharro por la misma carretera árida.

Estos últimos días, los crucigramas y la furgoneta se han sumado ocurrencias, metáforas, alegorías y chistes de lo más originales y variados: papeletas de referéndum de chocolate blanco a la dulce Pujol de Berga, el Refreguèmlum del horno Baltà de Santos, que nos invitaba a mojar el tomate en un pan "independiente" acompañado de sobres del sí y del no apetitosos y comestibles, el dominio referendum.lol riéndose en la cara de los represores que se apresuraban a cerrar páginas web, los chistes en twitter ( "¿Ha requisado ya la guardia civil el lunes?", @Niobeacua), etcétera etcétera. Y me he acordado de una canción que cantaban Los Impresentables, el grupo donde mi hermano mayor tocaba la guitarra por allá en los años noventa, y que repetía en bucle "follamos, follamos, que el mundo se acaba". Y nada, que si se puede, no dejamos de follar, pero sobre todo, riamos, riamos, porque si no, seguro que el mundo se acaba. Y si se acaba el mundo, nadie (más) no hablará de vida.

(Hoy, 20 de septiembre, nos hemos levantado con un estado de sitio represivo tan brutal, que me he preguntado si lo que escribí a raíz de la manifestación del domingo en Madrid tenía mucho sentido. Pero, justamente, he entendido que sí, que más que nunca.)

(Directa)