Profesor de Políticas Públicas de la London School of Economics
Tendría edad de jubilarme, pero me divierto tanto que ni me lo planteo. Nací en Londres: la ciudad más abierta del mundo. Los poderes públicos deben salvarnos de nuestra ignorancia al comprar un medicamento, un casco de moto o planear la jubilación. Colaboro con el Col·legi d’Actuaris de Catalunya
- Amar y calcular.
Sin sentimientos e ilusiones a corto plazo, a veces irracionales, no nos enamoraríamos ni tendríamos pareja, ni hijos, pero hace falta mucho raciocinio para planificar una familia, una paternidad responsable y una buena hipoteca. Lo mismo pasa con los sistemas de pensiones: la solidaridad con nuestros mayores es una ráfaga emocional, pero preservar la hucha común de las pensiones de generación en generación exige disciplina, renuncias y criterio. Barr diseñó el sistema de pensiones sueco y aboga porque las nuestras las gestionen entes tan independientes de los vaivenes políticos como un banco central, que aseguren su viabilidad de siglo en siglo y nos salven de nuestra propia ignorancia financiera.
- ¿Por qué las personas racionales dejan de serlo en grupo?
- Esa es la esencia del buen gobierno: ¿cómo convertir sentimientos de millones de personas en decisiones políticas racionales?
- ¿Se puede racionalizar un sentimiento?
- Los gobernantes deben lograrlo de algún modo. Tomamos nuestras grandes decisiones por sentimientos que no llevarían a nada sin razonamiento. Mi mujer y yo nos enamoramos locamente, pero la decisión de comprar una casa fue cuerda; tener hijos es puro sentimiento...
- Y, según los sueldos, locura.
- ...Pero ahorrar para que no le falte de nada a tu familia es pura razón. Usted puede amar locamente a su patria, pero si, más allá de sus propios sentimientos, quiere lo mejor para sus compatriotas, también aceptará que eso implica algunas renuncias muy racionales.
- ¡Qué nos va a contar!
- La manera más útil de convertir sentimientos irracionales en decisiones racionales es pensar a largo plazo, porque cuando actúas de forma egoísta para servir a tus sentimientos instantáneos, sueles lamentar sus consecuencias.
- ¿Se arrepiente usted de algo?
- El Brexit es una idea indeseable para mi país, que surgió de la agregación de millones de sentimientos individuales de pertenencia que sólo se satisfacían a sí mismos, pero que hoy comprobamos que dañaban a la comunidad. Pasé días intentando explicárselo a mis paisanos.
- Pues no sirvió del todo.
- En cualquier sociedad hay grupos que se sienten maltratados: pobres que notan que la globalización les perjudica o ricos que creen pagar demasiados impuestos. Pero a nosotros nos faltaron políticos responsables que mediaran entre los sentimientos y las razones de todos.
- Es que a menudo decidimos nuestro voto de forma sentimental y a corto plazo.
- Por eso hay instituciones que, aunque sean democráticas, no deben depender sólo de los ciclos electorales, porque gestionan pilares de la sociedad y la economía que no pueden exponerse a vaivenes cortoplacistas.
- ¿Instituciones como un banco central?
- A eso me refería: se eligen con mecanismos democráticos, pero no están sujetos a los vaivenes del ciclo político. Se protegen de ellos.
- ¿Otra separación de poderes?
- El valor de la moneda y su crédito deben depender de instituciones independientes no partidistas con visión a largo plazo y a salvo de las emociones inmediatas de la política, pero sometidas también a escrutinio público y con un mandato democrático.
- ¿Qué hay más esencial que la moneda?
- Nuestras pensiones no pueden depender de unas elecciones. Las pensiones deberían tener también mecanismos de gestión y supervisión parecidos a los de nuestras monedas. Sin injerencias partidistas ni bandazos legislativos.
- Por ejemplo.
- He asesorado las pensiones en China, Chile, Nueva Zelanda y Australia y mi país. Diseñé un Consejo de Pensiones para Suecia en los 90 y logramos que los partidos se comprometieran a respetar su capacidad de decisión e independencia, como ya hacían con su banco central. Y todos han cumplido su palabra desde entonces.
- ¿Por qué no se pueden cambiar las pensiones si cambia el partido en el gobierno?
- Eso sería un error. En Suecia nos inspiramos en la Constitución canadiense y sus criterios de claridad para asegurar que las pensiones sean instituciones tan sólidas y estables como democráticas: la gestión de las pensiones sólo se puede cambiar con amplías mayorías sostenidas en el tiempo.
- ¿Cómo debe ser un buen sistema de pensiones además de sólido a largo plazo?
- Para empezar, no hay ninguno viable sin crecimiento económico. Sólo si una sociedad prospera y genera riqueza, puede pagar jubilaciones para cada vez más ciudadanos y durante más años de vida.
- Es que cuanto más vivamos, más caro sale.
- Después hay que resolver el dilema de cómo lograr que políticos irresponsables con visión a corto plazo formen gobiernos responsables capaces de gestionar a largo plazo.
- Si me presenta alguno, lo entrevisto.
- Y después hay inversiones privadas, como la de jubilación, que deben tener supervisión pública, para preservar al individuo de sus propios impulsos y de su propia ignorancia.
- ¿Una especie de cinturón de seguridad?
- Para guiarle en decisiones que exigen tiempo y conocimientos de los que la mayoría carecemos. Planificarse la jubilación financieramente es como comprarse un casco: hay muchas marcas, pero la Unión Europea les asigna unas clasificaciones por las que te puedes guiar para no comprar un casco bonito e inseguro.
- ¿Qué país es modélico en sus pensiones?
- Ningún sistema es el mejor, pero hay unos cuantos buenos: Suecia, Holanda, Canadá...
- ¿Y el español?
- Deben fijarse objetivos claros y que cada país pueda conseguirlos a partir de su propia cultura cívica y política: el primero es evitar la pobreza a todos los ciudadanos a cualquier edad.
- Fácil de formular; difícil de conseguir.
- El segundo es asegurar a la gente que si ellos fallan, la sociedad, el Estado, estará allí para ayudarles; y el tercero es que el sistema sea capaz de transferir capacidad adquisitiva de cuando tienes mucha a cuando tienes poca, es decir, al jubilarte o enfermar.
(Lluis Amiguet, La Vanguardia)
