Sobre si Orlando era más hombre o más mujer (Virginia Woolf)

Esa modestia en cuanto a sus escritos, esa vanidad en cuanto a su persona, esos temores en cuanto a su seguridad, todo parece apuntar a que aquello que hace poco se dijo sobre la ausencia de cambio en el Orlando hombre y la Orlando mujer estaba dejando de ser enteramente verdadero. Se estaba tornando un poco más modesta, como lo son las mujeres, respecto a su inteligencia, y un poco más vanidosa, como lo son las mujeres, respecto a su persona. Ciertas susceptibilidades se afirmaban y otras disminuían. Dirán algunos filósofos que el cambio de traje tuvo mucho que ver en ello. Dicen éstos que las prendas, aunque parezcan algo baladí, tienen funciones más importantes que la de meramente abrigarnos. Cambian nuestra visión del mundo y la visión que el mundo tiene de nosotros. Por ejemplo, cuando el capitán Bartolus vio las faldas de Orlando, inmediatamente hizo instalar un toldo para ella, la instó a tomar otra tajada de carne y la invitó a bajar a tierra con él en su lancha. Ciertamente no se le habrían prestado esas atenciones si sus faldas, en lugar de caer sueltas, le hubieran ceñido las piernas como calzones. Y cuando recibimos atenciones es justo que correspondamos de algún modo. Orlando había hecho reverencias; había obedecido; le había seguido el humor a aquel buen hombre como no lo habría hecho si los pulcros calzones de él hubieran sido faldas, y su casaca entorchada un corpiño femenino de raso. Así pues, hay buenos motivos para apoyar la tesis de que son las prendas las que nos usan, y no nosotros a ellas; podremos hacer que tomen la forma del brazo o del pecho, pero ellas moldean a su antojo nuestro corazón, nuestro cerebro, nuestra lengua. De ahí que, al cabo de un tiempo ya considerable de usar faldas, en Orlando fuera visible cierto cambio, un cambio que se advierte hasta en la cara. Si comparamos el retrato de Orlando hombre con el de Orlando mujer, veremos que, aunque los dos son indudablemente la misma persona, hay ciertos cambios. El hombre tiene libre la mano para empuñar la espada; la mujer tiene que utilizarla para que el satén no se le escurra de los hombros. El hombre mira al mundo de frente, como si estuviera hecho para su conveniencia y aderezado a su gusto. La mujer le lanza una mirada de soslayo, llena de sutileza, de suspicacia incluso. Si los dos hubieran vestido la misma ropa, es posible que su manera de pensar hubiera sido también la misma.

Tal es el parecer de algunos filósofos que no dejan de ser sabios, pero en conjunto nosotros nos inclinamos por otro. Felizmente, la diferencia entre los sexos es una diferencia de gran hondura. La ropa no es sino un símbolo de algo escondido muy adentro. Fue un cambio en la propia Orlando lo que dictó su elección de indumentaria de mujer y sexo de mujer. Y quizá en ello no hiciera sino expresar un poco más francamente de lo habitual -es innegable que la franqueza estaba en la esencia de su ser- algo que le sucede a la mayoría de las personas sin manifestarse de ese modo tan patente. Pues aquí de nuevo nos tropezamos con un dilema. Por diferentes que sean los sexos, se entremezclan. En todo ser humano hay una vacilación de un sexo al otro, y a menudo es sólo la ropa lo que mantiene la apariencia masculina o femenina, mientras que por debajo el sexo es lo contrario de lo que es por encima. De las complicaciones y confusiones resultantes todo el mundo ha tenido experiencia; pero dejamos aquí la cuestión general, y nos limitamos a señalar el extraño efecto que tuvo en el caso particular de Orlando.

Porque era esa mezcla que había en ella de hombre y mujer, unas veces mandando el uno y otras veces la otra, lo que a menudo daba a su conducta un giro inesperado. Los curiosos de su sexo argumentarían, por ejemplo, que si Orlando era mujer, ¿cómo no tardaba nunca más de diez minutos en vestirse? Y su ropa, ¿no estaba escogida un poco al azar, y a veces hasta raída? Y después dirían: de todas maneras, le falta la gravedad de un hombre, y el afán de poder que tienen los hombres. Tiene un corazón demasiado tierno. No soportaba ver pegar a un burro ni ahogar a un gatito. Pero también harían notar que detestaba las cuestiones domésticas, se levantaba con el alba y en verano andaba por los campos antes de que saliera el sol. Ningún agricultor la aventajaba en el conocimiento de los cultivos. Bebía como el que más y le gustaban los juegos de azar. Montaba bien y era capaz de guiar seis caballos al galope por el Puente de Londres. Y sin embargo, a pesar de se r tan osada y activa como un hombre, llamaba la atención que ver a otro en peligro le acarreara las más femeninas palpitaciones. Rompía a llorar a la menor provocación. No era versada en geografía, encontraba insoportables las matemáticas y sostenía ciertos absurdos que son más comunes entre las mujeres que entre los hombres, por ejemplo el de que viajar hacia el sur es ir cuesta abajo. Así pues, sobre si Orlando era más hombre o más mujer es difícil pronunciarse, y en este momento no lo podemos resolver.

(Fuente: ‘Orlando’, Virginia Woolf, traducción de María Luisa Balsero, Alianza Editorial, Madrid 2012, pp. 172-175)