El fascismo italiano tuvo su fórmula para anular la influencia del pensamiento gramsciano: meter a Gramsci entre rejas. El fiscal italiano que le acusó lo dejó muy claro: «durante 20 años debemos impedir funcionar a este cerebro». Una vez fallecido, después de ver su salud —de por sí frágil— mermada por el cautiverio, la forma de evitar la difusión de sus ideas debía ser, necesariamente, diferente.
Hoy en día las citas de Gramsci y el uso interesado de su figura, y lo que supuso, son un recurso que se repite hasta la saciedad. Puede surgir en una charla en la universidad, en un mitin de CCOO, en un análisis político de Pablo Iglesias o en un artículo de El Mundo, la gramscimanía es tal que se llega hasta el punto de editar libros sobre su familia (La historia de una familia revolucionaria, en la magnífica editorial Hoja de Lata). Aparece mencionado en mundos tan dispares como antagónicos: eurocomunistas, socialdemócratas, liberales, comunistas, reformistas, anarquistas, imperialistas… ¿y a qué se debe este uso indiscriminado de las tesis gramscianas? Si todos estos sectores velan por intereses, en algunos casos, tan diferentes, ¿cómo es que todos usan las tesis de Gramsci?
Como las ideas no pueden encarcelarse, los mandarines de nuestra época han optado por una fórmula más sutil para anular al Gramsci revolucionario: tergiversar su ideario y alejarlo de cualquier interpretación que sirva para los intereses de las clases trabajadoras de Occidente. Los motivos de esta manipulación son diversos, desde un uso académico por parte de intelectuales que quieren dar un toque reivindicativo y culto a sus carreras profesionales hasta la apropiación de un cerebro, como lo denominó el fiscal fascista, que dote ciertos postulados de mayor base científica. Hay que reconocer que esta manipulación tampoco era difícil, la obra de Gramsci da lugar a la ambigüedad debido a las circunstancias en las que tuvo que escribir los conocidos como Cuadernos de cárcel. La censura que Gramsci debía sortear le obligó a utilizar un lenguaje complejo que, para muchos, le inclinó a rebasar los límites de su tradición política. Pero, sin duda, el hecho trascendental se produce cuando de forma interesada solo se estudian los escritos realizados en su etapa en prisión y se obvian todos los escritos anteriores, creando una imagen maniquea e incompleta de este revolucionario (por suerte, para hacernos una idea más completa tenemos la Antología recopilada por Manuel Sacristán, actualmente disponible en la editorial Akal). De esta forma se fue convirtiendo a Gramsci en el padre de diferentes teorías alejadas del leninismo. Pocos han querido tratar este asunto, y el uso indiscriminado de los términos gramscianos por parte de tan diferentes personajes únicamente dificulta la comprensión y desambiguación de la vida y tesis de este comunista italiano.
Entre tanta confusión, José Antonio Egido, siempre valiente cuando los demás callan, aporta algo de luz a la cuestión en un libro absolutamente necesario, ¡Manos fuera del camarada Antonio Gramsci! (editorial Templando el acero). En él se desarrollan las causas y la forma de maquinar la manipulación, y además explica las posiciones de Gramsci en lo referente a su continuación del legado leninista. Si se pretende estudiar o repasar conceptos como «hegemonía cultural», «intelectual orgánico» o el papel del partido comunista o del internacionalismo sin el filtro anticomunista que se viene dando desde los años sesenta, este libro será una de las fuentes imprescindibles para ese fin. En el libro se echa de menos algo de profundidad en alguno de los capítulos, como en el que se habla de la utilidad para la revolución europea o sobre las mentiras habituales que se utilizan para apropiarse del legado gramsciano (estoy seguro de que si se desarrollaran algunas partes el texto saldría ganando), y un lenguaje más apto para todo tipo de públicos; en un momento en el que Gramsci está en boca de todos hubiera sido más útil un libro que también pudiera ser leído por un tipo de lector ajeno a toda esa jerga de partido. Pero esto, claro está, es una cuestión de estilo que depende del autor. Sin embargo, podemos decir que el profesor Egido lo compensa, ya que no solo es un libro sobre Gramsci también es un libro de libros: son sublimes todas las recomendaciones bibliográficas que se hacen a lo largo de sus páginas, todo un recopilatorio de libros geniales y necesarios para el desarrollo del pensamiento marxista.
Por otro lado, es penoso que este título no se encuentre en las librerías… Las medianas y grandes editoriales parece que consideren ciertos temas como intocables. Para justificarse nos hablan de números y dividendos, y tienen algo de razón, ahora existen nuevas formas de censura y una de ellas es la de «si no vende no se publica»; que en todo caso, dada la pasión que parece despertar Gramsci, no vale para el ejemplo que estamos considerando, por lo que me lleva a pensar que también queda algo de aquello de no querer tocar en exceso la hegemonía cultural.
(Rasgando tu mente)