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| El graphorn, una de las ochenta y una criaturas descritas en ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’ publicado por Salamandra |
Siete grados de máxima y un día relativamente soleado (luego se agrisará para que llovizne durante unos cuantos días) reinan hoy al norte del condado inglés de Northumberland, donde vive la grabadora, ilustradora y actriz de teatro Olivia Lomenech Gill junto a su marido, conservador de museo, en la casa de madera que construyeron ambos con sus propias manos. Lo normal al norte de Northumberland es que suene a gaita por algún lado, que la gelidez del río Humber barnice de bruma los otoños y que el aroma del mirto, que crece en abundancia por doquier, ambiente los paseos matutinos por aquellas colinas musgosas y pelonas surcadas por cercos de piedra. Pero en la casa de Lomenech hay, además del que ofrecen las plantas del lugar, un fuerte olor a papel nuevo que viene especiado con las fragancias de las tintas de colores. Es un volumen de tamaño respetable, tono cobalto y letras doradas que lleva por título Animales fantásticos y dónde encontrarlos, y se trata de la última gran obra en la que ha participado con sus ilustraciones. Es posible que a la autora, J.K. Rowling, ideóloga de la nueva magia contemporánea creada alrededor de Harry Potter, le gustara de Olivia Lomenech Gill algo más que su talento para el dibujo de la fantasía; por ejemplo, esa capacidad suya para haberse rodeado de un entorno mágico en su vida real. Si alguien puede imaginar el sonido de las alas de un dragón hébrido negro, el soniquete cómico de los pícaros jarveys y el aliento trágico de los lethifold –más conocidos como mortajas vivientes– es alguien que vive al borde mismo de Escocia en una casa de madera, dedicándose al arte junto a un conservador de museo. Alguien dotado de la virtud del presentimiento y capaz de reconocer las cualidades mágicas de las cosas del aire, el fuego, el agua y la tierra.
Cuenta Rowling que Animales fantásticos y dónde encontrarlos fue escrito por un atolondrado y bonachón funcionario británico del Ministerio de Magia de larga y variada carrera: Newt Scamander, especializado en magizoología y formado en Hogwarts, donde estudió adscrito a la casa de Hufflepuff y trabó una extraordinaria y misteriosa amistad con Albus Dumbledore (nombres y términos que, sin duda, controlan a la perfección los pottermaníacos y que contribuyen a definir la personalidad y el carácter del protagonista). Tras una serie de peripecias sin cuento en su afán expedicionario por los distintos continentes y con apenas treinta años, Scamander escribió en 1927 este manual por antonomasia de la fauna mágica. Viviría más aventuras y alcanzaría hitos muy notables en su carrera, hasta que al final se retiró a Dorset, donde vive actualmente con su esposa, Porpentina, y sus tres kneazles: Hoppy, Milly y Mauler. Los kneazles, originarios del Reino Unido, son, como explica e ilustra el propio libro, unas criaturas en ciertos aspectos parecidas a los gatos, con pelaje moteado y con orejas y cola similares a las del león. Además, siempre según la misma fuente, «es inteligente e independiente y puede llegar a ser agresivo, aunque, si se encariña con un mago o una bruja, es una excelente mascota. El kneazle tiene una misteriosa capacidad para detectar personas sospechosas o desagradables; además, sus dueños pueden confiar en que, si alguna vez se pierden, el kneazle los guiará de vuelta a casa con total seguridad».
Antes de explicar el contenido del libro que inmortalizó su nombre, hay que decir que al señor Scamander le habría bastado con ser el primero que logró detener al malvado Gellert Grindelwald para que su nombre quedara inscrito con letras doradas en los anales de la historia mágica (y por lo tanto, ficticia para el elemento muggle). Dicho lo cual, conviene añadir que Animales fantásticos y dónde encontrarlos está publicado por la editorial Salamandra, lo cual no deja de ser curioso porque la salamandra, según Scamander, es un animal fantástico en sí mismo, y como tal aparece en su tratado de magizoología, de estudio obligado en Hogwarts (y cabe suponer que en el resto de los colegios de magia y hechicería). De hecho, es una de las ochenta y una especies recogidas en el manual, junto con el leprechaun, la mantícora, la gente del agua, el fénix, el trol, el unicornio, el hombre lobo, el yeti, el thunderbird y otros ya citados o no en estas líneas. Los devotos de Harry Potter y del mundo creado por J.K. Rowling tampoco echaran de menos, en estas páginas ilustradas, al temible basilisco, los diversos dragones (opaleye de las antípodas, bola de fuego chino, galés verde común, colacuerno húngaro, vipertooth peruano, hocicorto sueco...), las hadas, gnomos, grifos, hipogrifos, centauros, quimeras y bowtruckels –esos delicados y pequeños guardianes de los árboles, hechos de cortezas y ramitas–, entre otros muchos. No falta el travieso escarbato, muy británico también, que «se pirra por cualquier cosa brillante» y al que muchos duendes los usan «para que caven profundamente en la tierra en busca de tesoros». Ni se pasa por alto a la acromántula, esa «monstruosa araña de ocho ojos que puede hablar como las personas» y que, pese a ser originaria de Borneo, al parecer ha establecido ya colonias en Escocia, si bien «esos rumores están sin confirmar», como indica prudentemente Newt Scamander, o J.K. Rowling, como prefiera el lector.
Pero lo más mágico de este libro llamado a ser best seller es que el dinero generado por sus ventas mundiales se destinará a ayudar a niños y jóvenes de todo el mundo. Y en particular, a erradicar los orfanatos de aquí a 2050 y asegurar que todos los niños de las generaciones futuras puedan criarse con una familia, uno de los grandes conjuros mágicos pendientes en este mundo que ha aprendido a mandar robots a Marte pero que aún ignora cómo se llaman, dónde están y en qué condiciones viven sus más preciadas y fantásticas criaturas.
(César Rufino, El Correo de Andalucía)
