Primeras páginas de 'La respiración cavernaria' de Samanta Schweblin

La lista era parte de un plan: Lola sospechaba que su vida había sido demasiado larga, tan simple y liviana que ahora carecía del peso suficiente para desaparecer. Había concluido, al analizar la experiencia de algunos conocidos, que incluso en la vejez la muerte necesitaba de un golpe final. Un empujón emocional, o físico. Y ella no podía darle a su cuerpo nada de eso. Quería morirse, pero todas las mañanas, inevitablemente, volvía a despertarse. Lo que sí podía hacer en cambio era organizarlo todo en esa dirección, aminorar su propia vida, reducir su espacio hasta eliminarlo por completo. De eso se trataba la lista, de eso y de mantenerse focalizada en lo importante. Recurría a ella cuando se dispersaba, cuando algo la alteraba o distraía y olvidaba qué era lo que estaba haciendo. Era una lista breve:

- Clasificarlo todo.

- Donar lo prescindible.

- Embalar lo importante.

- Concentrarse en la muerte.

- Si él se entromete, ignorarlo.

La lista la ayudaba a lidiar con su cabeza, pero para el estado deplorable de su cuerpo no había encontrado ninguna solución. Ya no aguantaba más de cinco minutos de pie, y no solo luchaba con sus problemas de columna. A veces, su respiración se alteraba y necesitaba tomar más aire de lo normal. Entonces inhalaba todo lo que podía, y exhalaba con un sonido áspero y grave, tan extraño que nunca terminaría de asimilar como propio. Si caminaba a oscuras en la noche, de la cama al baño y del baño a la cama, el sonido le parecía el de un ser ancestral respirándole en la nuca. Nacía en las profundidades de sus pulmones y era el resultado de una necesidad física inevitable. Para disimularlo, Lola sumaba a la exhalación un silbido nostálgico, una melodía entre amarga y resignada que había ido asentándose poco a poco en ella. Lo importante está en la lista, se decía a sí misma cada vez que el desgano la inmovilizaba. Todo lo demás, le daba igual.

***

Desayunaban en silencio. Él preparaba todo y lo hacía del modo que a Lola le gustaba. Tostadas de pan integral, dos frutas cortadas en trozos pequeños, mezclados y vueltos a dividir en una porción cada uno. En el centro de la mesa el azúcar y el queso blanco; junto a la taza de café de ella, el dulce de naranja bajo en calorías; junto al café de él, el dulce de batata y el yogur. El diario era de él, pero las secciones de salud y bienestar eran para ella y estaban dobladas junto a su servilleta, para cuando terminara de desayunar. Si ella lo miraba con el cuchillo de untar en la mano, él le acercaba el plato con tostadas. Si ella miraba fijamente alguna zona particular del mantel, él la dejaba estar, porque sabía que algo más estaba pasando, algo en lo que él no podía meterse. Ella lo miraba masticar, sorber el café, pasar las páginas del diario. Le miraba las manos ya tan poco masculinas, blancas y finas, las uñas limadas con prolijidad, el poco pelo que le quedaba en la cabeza. No llegaba a grandes conclusiones ni tomaba decisiones al respecto. Solo lo miraba y se recordaba a sí misma datos concretos que nunca analizaba: "hace cincuenta y siete años que estoy casada con este hombre", "esto es mi vida ahora". Cuando terminaban el desayuno llevaban las cosas hasta la pileta. Él le acercaba el banco y ella lavaba sentada. Era un banco que le permitía apoyar los codos sobre la bacha, así que casi no debía encorvarse. Él se hubiera ocupado de los platos sin problema, pero ella no quería deberle nada, y él la dejaba hacer. Lola lavaba despacio, pensando en el cronograma de la televisión de ese día y en su lista. La llevaba doblada en dos en el bolsillo del delantal de la cocina. Si estaba desplegada, una cruz blanca se dibujaba en el centro del papel. Sabía que pronto empezaría a romperse. A veces, en días como ese, Lola necesitaba más tiempo, terminaba de lavar y no se sentía preparada para continuar con el resto del día, así que repasaba un rato la mugre que se juntaba entre el metal y el plástico de las cucharas pequeñas, las piedras de azúcar húmeda en la tapa de la azucarera, la base oxidada de la pava, el sarro alrededor de la canilla.

También, a veces, Lola cocinaba. Él le llevaba el banco hasta la cocina y disponía todo lo que ella pidiera. No es que ella no pudiera moverse, podía hacerlo si algo importante lo justificaba, pero desde que la columna y su agitación lo hacían todo tan difícil, ahorraba esfuerzos para los momentos en los que él no pudiera ayudarla. Él se ocupaba de los impuestos, del jardín, de las compras y de todo lo que sucedía puertas afuera. Ella hacía una lista -otra lista, la de las compras-, y él se limitaba a eso. Si faltaba algo debía volver a salir, y, si sobraba, ella preguntaba qué era y cuánto había costado.

A veces él compraba chocolatada, venía en polvo para preparar con leche, como la que tomaba su hijo antes de enfermarse. El hijo que habían tenido no había llegado a pasar la altura de las alacenas. Había muerto mucho antes. A pesar de todo lo que se puede dar y perder por un hijo, a pesar del mundo y de todo lo que hay sobre el mundo, a pesar de que ella tiró de la alacena las copas de cristal y las pisó descalza, y ensució todo hasta el baño, y del baño a la cocina, y de la cocina al baño, y así hasta que él llegó y logró calmarla. Desde entonces él compraba la caja más chica de chocolatada, la de doscientos cincuenta gramos, la que viene en un envase de cartón, aunque no sea la opción más económica. No estaba en las listas, pero era el único producto sobre el que ella no hacía comentarios. Guardaba la caja en la alacena superior, detrás de la sal y las especias. Era cuando descubría que la caja que había guardado un mes atrás ya no estaba. Nunca lo veía usar la chocolatada en polvo, en realidad, no sabía cómo terminaba acabándose, pero era un tema sobre el cual prefería no preguntar.

Comían productos sanos, elegidos atentamente por Lola frente al televisor. Todo lo que desayunaban, almorzaban o cenaban había tenido alguna vez su publicidad anunciando vitaminas, bajas calorías o ausencia de ingredientes transgénicos. Las pocas veces que ella le encargaba un producto nuevo lo buscaba después entre todas las bolsas, y lo estudiaba junto a la ventana, a la luz natural. Estaba al tanto de qué debía o no contener un producto sano. Había buenos médicos y nutricionistas alertando de esto a la gente por televisión, como el doctor Petterson del programa de las once. Si Lola encontraba algo sospechoso o contradictorio en las publicidades, llamaba al número de atención al cliente y pedía hablar con algún responsable. Una vez, a pesar de que con sus quejas no logró que la empresa le devolviera su dinero, recibió al día siguiente una caja con veinticuatro yogures de crema y durazno. Ya habían comprado los yogures para esa semana y las fechas de vencimiento le parecieron demasiado cercanas. Abría la heladera, veía los yogures y la angustiaba la cantidad de espacio que ocupaban. No se los comerían a tiempo, se echarían a perder y no sabía qué hacer con ellos. Se lo comentó varias veces a él. Le explicó las complicaciones esperando que él entendiera que había que hacer algo al respecto, algo que ya no estaba a su alcance. Una tarde el problema la sobrepasó. No sucedió nada en particular, simplemente entendió que ya no podría abrir la heladera y ver que los yogures seguían ahí. Merendó café solo, y aunque más tarde se sintió secretamente avergonzada por el enojo, todavía la indignaba no tener expectativas de ningún tipo de solución, ningún recurso propio para luchar. Cuando al fin él se llevó los yogures, ella no preguntó nada. Movió un banco hasta la heladera, donde trabó la puerta abierta y, sentada, silbando apenas en los movimientos bruscos para disimular los ronquidos de su respiración, aprovechó para limpiar los estantes y reorganizar un poco las cosas que quedaban.

(Páginas de Espuma)