"El alma que no tiene un fin estable se pierde: porque como se dice, estar en todo es no estar en ninguna parte" (Montaigne, sobre una cita de las 'Cartas a Lucilio' de Séneca)
- Breve ensayo sobre el ensayo.
Soy un viejo lector de ensayos, desde Michel de Montaigne y Baltasar Gracián hasta Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Albert Camus, Jorge Luis Borges y algunos todavía más recientes. Aprecio el lado narrativo del ensayo clásico: el lado reflexivo de todas las grandes narraciones. De ahí mi amor por la obra de Marcel Proust, la de Fiodor Dostoyevski, la del señor de Stendhal, por subjetivistas, por intimistas, por arbitrarios que sean.
Lo esencial del ensayo, para mí, consiste en proponer preguntas y en admitir respuestas diversas, coyunturales, conjeturales y hasta contradictorias. No me canso de citar al maestro de los maestros del género, probable inventor de la forma moderna del ensayo. Él, conocido por Quevedo como 'el Señor de la Montaña', pedía el favor de recordar que escribía 'ensayos', no 'resultados'. El ensayista es un experimentador público, como exigía un crítico francés de años no lejanos que fuera todo escritor, a diferencia de los escribidores instrumentales, meramente informativos. Es un maestro de la digresión, esto es, del arte del tema y las variaciones.
Mis prosas se han infiltrado con desenfado, con soltura de cuerpo, tomándose libertades no siempre solicitadas con la debida formalidad, entre los diferentes géneros del arte literario, en sus intersticios y sus fallas. Y han puesto el corazón del ensayista al desnudo, como lo proponía Montaigne en un prólogo de 1580 ("Ainsi, Lecteur, je sui moy-mesme la materie de mon livre"), han paseado los sucesos frente a un espejo movible. De modo que he aceptado con gusto el título, 'Prosas infiltradas', que me sugirió un joven filósofo chileno. Confieso que a veces, en la perversión de mi gusto, prefiero el Stendhal íntimo, el de los 'Recuerdos de egotismo', por encima del autor de 'La cartuja de Parma'; al Gustave Flaubert de la correspondencia por encima del creador de 'Madame Bovary', al Victor Hugo de 'Choses vues' ('Cosas vistas'). Y leo con atención a don Alberto Blest Gana, en su Comedia Humana de Chile, pero prefiero a menudo la prosa desordenada, burlona, picaresca, de Vicente Pérez Rosales, el memorialista de 'Recuerdos del pasado', donde lo humano es comedia, incertidumbre y tragedia. Supongo que tengo que pedir excusas ante la cátedra. O ante los derridanos y bolañistas que pululan en el inocente Chile y en muchos otros lugares.
La estupidez consiste en tratar de concluir, escribía Flaubert en una carta de mediados del siglo XIX. Tenemos derecho a sacar conclusiones, desde luego, pero también tenemos derecho a revisarlas, a contradecirlas, a mirarlas por el reverso. El concluir estúpido de la carta de Flaubert consistía en cerrar el flujo de las ideas, en congelar su movimiento natural, su ritmo. El primer ensayista de la antigüedad clásica, para mi gusto, fue Heráclito, cuyo río cambiaba a cada instante y seguía siendo el mismo. Seguido de Séneca, el romano español, que pensaba que estar en muchas partes era lo mismo que no estar en ninguna. Sigo fiel a ese movimiento, a ese ritmo de la mente, a esa diversidad dentro de la unidad, a esa sonrisa en el fondo austera.
Proust, después de divagar sin rumbo fijo, encontró una primera frase certera, casi necesaria. A partir de ese momento, tuvo su texto monumental. Solo le faltaba, desde entonces, paciencia y astucia para escribirlo. Cervantes había hecho mucho antes algo bastante parecido. La incertidumbre, la desmemoria magistral de ese "lugar de la Mancha" de su primera frase, anunciaba todo el resto. Laurence Sterne, con su caballero Tristram Shandy, seguidor del Caballero de la Triste Figura, lo puso todo en solfa y llevó el asunto a intuiciones prenatales. Julio Cortázar, argentino de París, lo trató de imitar, no siempre con buenos resultados. Y Jorge Luis Borges, en lugar de escribir novelas de mil páginas, optó por hacer breves comentarios de novelas inventadas. Cuando alguien le comentó los hermosos títulos de otro argentino, Eduardo Mallea, rápido y malvado como siempre, dijo: "Sí, son títulos hermosos, pero Mallea se siente obligado a agregarles una novela".
Prefería no agregar una novela, ni tener que inventarla, pero uno de sus personajes, Pierre Menard, después de escribir una larga lista de disparates, se había propuesto nada menos que escribir el 'Quijote'. No copiarlo, escribirlo. Empresa imposible y culminación ideal, absoluta, de una buena lectura. El ensayista deriva de la lectura y propone otras lecturas de las mismas cosas. Es un provocador tranquilo. No exige que lo lean. "No es necesario que emplees tu ocio", le advierte Montaigne al posible lector, "en un tema tan frívolo y tan vano". Pero si alguien lee, no tiene más remedio que aceptar las consecuencias. Si una prosa se infiltra en el canon literario, respetado y a la vez ignorado en los días que corren, el lector tiene que sufrir la correspondiente incomodidad. Es, quizá, el pecado original de la lectura, vicio impune, como dicen los franceses: vicio sin castigo inmediato, pero sin redención.
Me limito, entonces, en medio de las tareas del día, a escribir prosas infiltradas, como propone mi amigo filósofo. Por mi parte, decido bautizar mis desordenados ensayos como desahogos, o gimnopedias, o borborigmos. A propósito de gimnopedias, cuando los críticos musicales de la primera mitad del siglo XX acusaron a Erik Satie de escribir piezas musicales sin forma, compuso un conjunto de obras en forma de pera. ¿Ensayos en forma de pera o de manzana? El lector será el juez último: me someto a su juicio.
- Después de Fidel.
Fidel Castro fue un mito poderoso, una extraordinaria leyenda del siglo XX y de comienzos del XXI, y no solo en Hispanoamérica. Fue un mito en la mal llamada América Latina, en las grandes universidades de los Estados Unidos, sobre todo en las de la costa de California, en los círculos intelectuales de la ribera izquierda del Sena, en los cafés de Madrid y los bares de Barcelona, en toda Europa Occidental, y hasta en Asia y en África. Sus creyentes menos fervorosos, más escépticos, por paradójico que parezca, fueron los soviéticos y los europeos del Este. La razón me parece evidente. Ellos, herederos directos de la Revolución de Octubre, conocían por dentro los mecanismos de formación de mitos del universo estalinista. En otras palabras, conocían el monstruo estalinista desde su interior, parodiando a José Martí, y no se entusiasmaban con tanta facilidad como los Jean-Paul Sartre o los Julio Cortázar. Ni mucho menos.
"Tú solo dijiste que el rey andaba desnudo", me comentó, mientras tomábamos un vinillo regional en las ramblas de Barcelona, un alto dirigente del régimen comunista de Polonia. Lo dijo después de representar a su país, en compañía de su mujer, en los actos de la transmisión del mando presidencial de Eduardo Frei a Salvador Allende, en el Chile de 1970. Pocos meses después del golpe militar pinochetista, a comienzos de 1974, leyó la primera edición de mi 'Persona non grata' y llegó a esa conclusión derivada de una fábula de la Edad Media.
Yo había viajado en diciembre de 1970 a Cuba en calidad de diplomático chileno, con la misión especial de reanudar las relaciones diplomáticas entre Chile y Cuba, rotas desde hacía siete años. Un mes antes había asistido a esos actos, simbólicos, llenos de increíble tensión subterránea, de la transmisión del mando presidencial de un demócrata cristiano a un socialista marxista y entusiasta, por añadidura, de la revolución de Castro y el Che Guevara. En esos días había conocido en la casa de Neruda en Santiago a los dos representantes de la Polonia comunista. El poeta comunista, en lugar de dar saltos de felicidad, como muchos de sus compañeros, que daban saltos en las calles y en las plazas al grito de "el que no salta es momio", se veía preocupado, descontento por mi viaje a Cuba. Y los delegados de Polonia, entretanto, en voz baja, en los rincones, nos preguntaban con la mayor gravedad si nosotros, los chilenos, sabíamos en "lo que nos estábamos metiendo". Ellos venían de adentro y sabían, y nosotros saltábamos y cantábamos, con nuestros descubrimiento de un socialismo por la vía electoral, y no sabíamos nada.
Como ya lo he contado, a las pocas horas de mi desembarco en La Habana, en los primeros días de diciembre del año 70, me encontré entre las bambalinas de un enorme teatro de la ciudad, detrás del telón rojo. Escuchaba el discurso, que había comenzado a oír en mi hotel, en que Fidel Castro trataba de explicar el fracaso de su proyectada zafra azucarera gigante, de diez millones de toneladas de azúcar. Era el gran salto adelante de Mao-tse-tung en su versión caribeña, y anunciar su fracaso, explicarlo con dificultad, con voz agónica, era asistir al principio de la erosión de un mito político. No lo comprendí con claridad en ese momento, pero ahora, en la visión retrospectiva, lo veo en forma clara. Y me imagino que Fidel, consciente de su fracaso, tenía que aceptar la dependencia del bloque soviético y no podía observar con simpatía la alternativa chilena. Había un aspecto añadido lleno de consecuencias. La Unión Soviética tenía que pensarlo dos veces antes de apoyar a fondo el socialismo de la Unidad Popular. "¿Eso es socialismo -preguntaba un diplomático del Este- o es anarquismo?".
En la conversación que tuve con el comandante en jefe en la primera noche de mi llegada a La Habana, poco después de su difícil explicación pública, por cadena de televisión nacional, de su primer gran fracaso, él demostró mucho más interés por la revolución militar peruana, la del general Velasco Alvarado, que por la experiencia chilena que comenzaba. Yo venía de ser consejero en Lima y las preguntas del comandante en jefe me revelaban que creía mucho más en las armas que en las letras y en las leyes. Fue una de las primeras verdades cubanas que me tocó ver, por decirlo de algún modo, en acción, en movimiento, sin maquillajes retóricos. Fidel me dijo que le pidiéramos ayuda en caso de necesidad, y lo dijo con las siguientes palabras textuales: "Porque seremos malos para producir, pero para pelear sí que somos buenos". Hablaba, en buenas cuentas, de ayuda militar, de guerra contra la agresión interna y externa, contra la subversión oligárquica, contra el imperialismo. Ahora bien, nosotros no necesitábamos ayuda militar. El presidente Nixon y Henry Kissinger querían maniobrar, meternos presión económica, provocar reacciones internas. Nosotros, frente a eso, necesitábamos desarrollo, educación, agricultura, minería eficientes. Voto más fusil, repetían como papagayos los miristas, los de la izquierda extraparlamentaria, castrista y guevarista, pero el fusil estorbaba en una situación como la chilena, donde el estado de derecho todavía se mantenía firme, y creaba peligros nuevos para nosotros mismos. Casi todos nos equivocamos, y cuando salí de mis errores personales y tuve la imprudencia de escribir sobre el tema, fui implacablemente censurado y castigado. "La betise n'est pas mon fort", me decía yo, recordando una frase de Paul Valéry, pero mis vociferantes impugnadores habían dejado de saber quién era Valéry.
En contraste con Fidel, que podía llegar a ser ambiguo en su lucidez, Ernesto Che Guevara era un voluntarista perfectamente convencido. Cuando se produjo el primer golpe militar de América del Sur, en abril de 1964, y cayó el régimen brasileño del presidente constitucional Joao Goulart, declaró ante periodistas y funcionarios reunidos en la primera conferencia de comercio y desarrollo de las Naciones Unidas, en el Palacio de las Naciones de Ginebra, Suiza, que eso era lo mejor que podía ocurrirle a la revolución en marcha: caía un régimen democrático mediocre y el movimiento de la historia se manifestaba en forma clara. Por un lado, la revolución; por el otro, los gorilas armados, con lo cual, frente a la escandalosa evidencia, la revolución triunfaría en forma inevitable. Yo era secretario de la delegación chilena y escuché estas palabras a un metro de distancia. Eran una mala profecía, una perfecta expresión de aquello que los franceses suelen llamar la "politique du pire", la idea de tocar fondo en el infierno para llegar antes al paraíso. ¡La ilusión revolucionaria perfecta, platónica!
Fidel Castro, en su dificultad, en sus tropiezos con los porfiados hechos de la economía, era más cazurro, más maniobrero, más astuto en el manejo de situaciones de emergencia que muchos de sus compañeros. De otro modo, habría sido derribado del poder, como ocurrió con casi todos los jefes de los "socialismos reales" de su época. En un momento determinado, en días en que se acercaba "al inverno de su descontento", pareció que el inesperado triunfo electoral de Salvador Allende le daría un respiro. No sé si lo creyó de verdad, más bien diría que no se hizo mayores ilusiones, pero trató de aprovecharse de la coyuntura, de agarrarla al vuelo en todo lo que fuera posible. Viajó al Chile de la Unidad Popular en visita oficial de pocos días, se quedó alrededor de tres semanas, y contribuyó de ese modo, rompiendo todo protocolo, a una peligrosa exacerbación de la oposición chilena: violentas manifestaciones callejeras, sublevación de bulliciosas cacerolas, inquietud militar, que en la antigua jerga criolla se conocía como "ruido de sables". ¿Provocación deliberada, desdés por cualquier forma pacífica, negociada, legalista, de transición al socialismo? No hay respuesta segura, y no creo que en años de investigación se pudiera conseguir respuestas seguras.
El problema de los mitos es que viven de la ilusión, de la utopía, de loas arrestos juveniles. Aquiles, Patroclo, Héctor son jóvenes de relucientes corazas, de alados pies y de pensamiento difusos. Además, los elegidos de los dioses mueren jóvenes, y el dios barbudo de La Habana, el Júpiter tonante y parlanchín, empezó más bien pronto a descomponerse, a envejecer, a llenarse de canas y de arrugas feas. El embajador de la antigua Yugoslavia en la Cuba de comienzos de los setenta, hombre de sólida formación marxista, exdirector de la mayor revista teórica de su país, me decía en voz baja: "Los cubanos no saben que ninguna filosofía dura cien años". Y agregaba con sorna, en un susurro, tratando de colocarse al abrigo de los micrófonos, indicándome los balcones como sitio seguro: "Tampoco saben que el criticado revisionismo no es más que la revisión del estalinismo".
Habiendo discutido largo rato con Fidel, habiéndolo observado con suma atención, tengo la impresión de que él sí sabía, de que no era tan ingenuo, de que hasta su ingenuidad era fingida; pero también sabía que no le convenía saberlo. Revisar el estalinismo, en esas circunstancias, habría conducido a revisar el fidelismo incipiente, el culto de la personalidad en versión caribeña que ya se había puesto en práctica. Hubo un momento oscuro, complicado, de la revolución que él captó de inmediato; a partir de ese momento, Fidel se propuso durar a toda costa, con todos los medios a su alcance. Quizá fue el momento del fracaso de la zafra azucarera gigante y de la llegada al poder en Chile, por medio de elecciones normales, de Salvador Allende. Coyuntura desconcertante: fracaso de la zafra azucarera, fracaso de la teoría del foco revolucionario, de la lucha armada. Me pareció que el comandante en jefe tenía una intuición fundamental: los movimientos de izquierda "moderada", las diversas formas de la socialdemocracia contemporánea, no le gustaban nada y no servían a su causa para nada. Puede que estuvieran bien para Europa, pero podían llegar a constituir una amenaza, un peligro serio, para el poder suyo. Por eso estropeó sin compasión la visita oficial a Cuba de Michelle Bachelet durante su primer período presidencial, un período que se podría definir como de izquierda moderada. Cuando ella abandonó una ceremonia en homenaje a Salvador Allende, su precursos en el cargo, su mentor ideológico, y corrió a visitar al Comandante en Jefe retirado, que se había limitado a mover un dedo para llamarla, Fidel le hizo una petición enteramente imposible para ella: que le devolviera un pedazo de costa a Bolivia. Fidel olvidaba a propósito que en Chile existe un estado de derecho, una división constitucional de los poderes del estado, fenómeno extraño para él, que le provocaba una irritación profunda. La presidente Bachelet había tenido que salirse antes de tiempo del homenaje a uno de sus héroes, y Fidel le pedía ahora que devolviera un pedazo de territorio del país que gobernaba. Se lo pedía y de inmediato lo publicaba. ¡Qué maneras, qué consideración con los amigos!
Pude ver en la televisión, a pesar de que no la veo casi nunca, las manifestaciones de delirante alegría de los cubanos de Miami, los de la Pequeña Habana, los de la calle 8, ante la muerte de Fidel, y reconozco que tuve sentimientos contradictorios. Compartí esa alegría, me sentí identificado con la enorme emoción de esa gente, pero también sentí tristeza por el enorme tiempo perdido, y por las consecuencias crueles, devastadoras, que tuvo el fanatismo castrista, que tuvieron los dobles lenguajes hipócritas, engañosos, en Chile y en toda la América nuestra, dobles lenguajes que parecen haber resucitado en estos días, esperemos que no por demasiado tiempo. El balance del fidelismo es negro en un punto esencial. Al desembarcar en la Sierra Maestra, el Comandante en Jefe había llegado a un país subdesarrollado, regido por una dictadura tosca, lleno de lacras y de injusticias sociales, pero unido, dotado de una economía que se comparaba bien con las del resto de América Latina, con niveles de arte, de cultura, de creación literaria, sin duda interesantes. No es que la dictadura de Fulgencio Batista propiciara esos fenómenos culturales, pero de hecho, dentro de las condiciones políticas reales, estaba obligada a tolerarlos. Fidel Castro entrega a su muerte, en cambio, a un país que ha perdido toda noción de libertad intelectual y humana, pobre de solemnidad, igualitario en la pobreza, pero enteramente desigual en su nomenclatura dirigente, y dividido en dos. el país del interior y el del exilio.
Por adelantarme a escribir algunas de estas cosas con evidente mesura, con un sentimiento equilibrado, razonable, del conflicto de fondo, fui acusado de las más oscuras complicidades, paradójicamente censurado en Cuba, en Chile, en los cenáculos editoriales y literarios más diversos, y todo esto hasta la víspera misma de la desaparición del Gran Jefe. Ahora, después de largos años de rechazos, zancadillas, ninguneos, que me llevaron a pensar que Pablo Neruda tenía razón cuando me aconsejaba que escribiera el libro, pero que "no lo publicara todavía", puedo decir con perfecta claridad que nunca me arrepentí de haberlo escrito y de haberlo publicado. Fue como un destino personal, y lo asumí en forma entera, con plena conciencia. Fidel Castro, antes de cerrar la puerta del despacho en el que se había reunido conmigo previamente a mi salida de La Habana, un domingo en la noche de marzo o de abril de 1971, me hizo una pregunta curiosa y se la respondió él mismo: "¿Sabe usted qué me ha sorprendido más de este encuentro?". Y contestó de inmediato: "Su tranquilidad". Quizá esperaba que me desmayara de miedo frente a su cólera. Pero yo sabía que esa cólera no era de origen divino: que era la de un dios venido a menos, la de un Mesías extraviado, para desgracia suya y de mucha, de demasiada, gente. Sabemos hace rato que un mito autoritario produce censuras y represiones de todo orden, en una especie de onda expansiva. José Stalin, desde sus grandes bigotes de piedra, desde sus estatuas multiplicadas, fabricadas en serie, provocaba cultos secundarios de la personalidad en las más diversas latitudes. Fidel Castro y Ernesto Che Guevara también los provocaban, pero en escala menos universal. Estoy convencido de que la desaparición de Fidel, aunque produzca reacciones peligrosas en una primera etapa, podrá abrir camino para encontrar un lenguaje político más maduro, más libre en el sentido más amplio de la palabra, mejor informado. Supongo que la presencia actual del presidente Trump en la Casa Blanca no ayudará en nada, pero no creo que pueda impedir en definitiva una evolución hacia mayores libertades en la Isla. Todo dependerá, en gran parte, de nosotros, y, desde luego, de los propios cubanos. Y comprenderemos que todo se podía interpretar como un problema de cultura: un atraso que ahora, fuera de fantasmagorías, liberados de inquisiciones vociferantes, podemos superar con toda calma. Con esa tranquilidad que sorprendía tanto al comandante en jefe.
(Reino de Cordelia)
