Ai Weiwei: “Con Catalunya se precisa diálogo, no represión”

Reflexivo. Así podría describirse el semblante que el artista Ai Weiwei mantuvo ayer ante la prensa
Un referente internacional del arte contemporáneo

En la entrevista con este diario, el más aclamado de los artistas chinos vivos empezó diciendo que no tenía toda la información sobre el conflicto en Madrid y Barcelona. Pero enseguida demostró estar sensibilizado y al cabo de la calle con respecto al asunto. Ai Weiwei acudió a la Semana de Cine de Valladolid, la Seminci, para presentar su documental sobre los refugiados: Human Flow, una obra a la vez artística, informativa, poética y cruda. Pero, como el activista y hombre de su tiempo que es, en ningún momento rehuyó las distintas urgencias de la actualidad. Incluida sobre todo la de Catalunya, para la que apostó por una solución de “diálogo y no represión”, entre otras cosas para que la salida sea justa y duradera.

- ¿El arte debe ser político?

- Creo que el arte tiene que estar conectado con la política; si no, sería muy superficial. Y la política debe estar conectada al arte, así como a la ética y a la estética. Cada artista vive en un entorno político determinado. Su creación y lo que quiera mostrar a su público es una expresión artística, pero detrás hay siempre una opinión política. Todas las personas deben tener una participación en las cuestiones públicas. Eso es importante y consustancial con la democracia.

- En su documental, usted denuncia el crecimiento de los muros en el planeta. Y lo hace borrando límites entre las artes: el cine, la poesía, la fotografía y casi la pintura, pues incluso forma cuadros con los refugiados. ¿Hay que derribar todo tipo de fronteras?

- En 1989, cuando cayó el muro de Berlín, en todo el mundo había once muros. Sin embargo, a fecha de hoy tenemos más de setenta. Y no se trata sólamente de fronteras físicas, sino mentales; de muros en las formas de pensar, en las mentalidades. Lo que separa México y Estados Unidos, por ejemplo, es ante todo una frontera entre culturas, idiomas, costumbres e incluso prejuicios. Pero, en este mundo globalizado, los muros deben ser un punto de partida para tratar los problemas globales.

- ¿Es lo que quiso provocar con sus recientes instalaciones en Nueva York (jaulas y verjas en puntos clave de la ciudad)? ¿Suscitar la reflexión sobre la inmigración y los refugiados?

- Sí. La obra, titulada Good Fences Make Good Neighbors (Las buenas vallas hacen buenos vecinos), también hablaba de ese obstáculo que tenemos en nuestro interior. Además, las verjas son una muestra del conflicto entre diferentes países y sociedades. Y muestran cómo cada cual valoramos, en tanto que seres humanos y sociedades, nuestros diferentes países y su grado de desarrollo social.

- Usted mismo y su familia han sido y tal vez son refugiados. Pero, después de rodar 900 horas de película a lo largo de todo un año y en un total de 23 países, seguro que habrá aprendido mucho del problema en su conjunto. ¿Con qué se queda?

- Siempre me he sentido un refugiado, sí. Al nacer yo en 1957, mi padre, que era escritor, fue enviado a una región lejana en el campo. No le permitieron escribir durante 20 años. Y cinco de ellos se los tuvo que pasar limpiando lavabos en muy malas condiciones. Eso afectó a su salud. Lo pasó muy mal, y se quedó ciego de un ojo. Sobre los refugiados en general, cuando empezamos a rodar este documental –apenas con mi teléfono móvil– yo no tenía mucha información. Fue a lo largo del rodaje que nos fuimos dando cuenta de lo grave que es esta crisis humanitaria. El panorama sobrepasó nuestras previsiones, y nos llevó a realizar el proyecto con un mayor detalle. Terminamos formando un equipo de doscientas personas. Y al final, ¿con qué me quedo? En conjunto, con la sensación de inseguridad provocada por esa crisis (de los refugiados). Con la incertidumbre. Y no me refiero a una inseguridad familiar, sino de todo el mundo. De todos los países. De la misma estructura mundial. Las instituciones internacionales no han hecho lo suficiente. Por ejemplo, lo que sucede en Birmania con los rohingya es como un genocidio, y países como EEUU o China no están desempeñando su papel ahí. Tendrían que sentirse avergonzados. Si no lo solucionamos vamos a dejar el mundo en un estado de caos.

- En ese contexto de crisis planetaria, y teniendo en cuenta que usted vive ahora en Berlín, ¿cómo juzga el comportamiento de Europa? ¿Da la talla la UE como teórica campeona de los derechos humanos?

- Alemania ha trabajado mucho por los derechos humanos y coincido con lo que dijo Obama: Berlín está en el lado correcto. Pero otros países no. Incluyo a Estados Unidos, que sólo ha aceptado a unos 50.000 refugiados. ¿Por qué no se ha situado en el lado adecuado? No lo sé. Pero hasta en los reportajes los estadounidenses hablan como si fueran los dueños del mundo. Volviendo a Europa, Alemania ha acogido dos millones de refugiados, pero también es verdad que una gran parte de los que procedían de Afganistán fueron repatriados. La protección de los derechos humanos es vital a la hora de valorar hasta qué punto cada país hace un buen trabajo. Y, efectivamente, en este momento hay mucha tarea pendiente en todos los países.

- ¿También entre el resto de miembros de la UE, ¿no?

- Europa no ha dado grandes pasos en este terreno. Con la globalización, tanto Europa como Estados Unidos han obtenido grandes beneficios, pero respecto al reto de los refugiados, que es una crisis humanitaria, a la UE le falta visión y actitud para dar soluciones. Y esa falta de respuesta constituye un obstáculo para el desarrollo de toda la Humanidad. Si no ejercemos nuestros valores y ayudamos a los refugiados, la democracia resultará una mentira.

- Al venir a España seguro que se ha informado del conflicto con Catalunya. ¿Qué opina de las reivindicaciones independentista y de la respuesta del Gobierno español?

- No tengo toda la información sobre Catalunya. Pero creo es un problema histórico que ha vuelto a aparecer. Sea cual sea el motivo, pienso que en estos temas los europeos deberían cuestionarse sobre sus principios internos, es decir: la democracia, la libre expresión y la protección de los derechos humanos. En Europa han de plantearse cómo proteger las identidades culturales, lingüísticas y religiosas. Y todos estos conflictos sociales tienen que resolverse, a mi entender, de manera pacífica; a través del diálogo y la negociación. Cualquier tipo de límites o restricciones y cualquier forma de violencia o represión hacen que el conflicto sea cada vez más grave. Porque de otro modo (sin diálogo y con restricciones o represión), es posible que el problema se calme, pero a largo plazo resurgirá con más fuerza. El nacionalismo existe en muchos países y regiones. Dependiendo de la época, puede agravarse más. Pero el nacionalismo permite que el mundo sea más diverso. Y el respeto de las identidades tiene que situarse por encima de todo. Ya después hablamos de los intereses sociales, políticos y económicos. En general, y no me refiero sólo a lo que sucede en España, estoy a favor de la reclamación de que se reconozca la propia identidad. Porque sin esas identidades no podremos hablar de los valores básicos relacionados con la supervivencia, y estaremos negando la existencia de las distintas comunidades humanas.

(Fernando García, La Vanguardia)