Calles llenas de gente (Josep Maria Ruiz Simon)

Ernst Jünger recordaba que la Primera Guerra Mundial fue una de las más populares de la historia. E identificaba la disponibilidad de la población a ser movilizada como un aspecto de esta popularidad aún más importante que la eficacia técnica de la propaganda movilizadora. Los hechos parecen darle la razón. A fines de julio de 1914, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando, durante la semana que separó el ultimátum del imperio austrohúngaro a Serbia de la declaración de la guerra, las calles de Londres, París, San Petersburgo, Viena y Berlín se llenaron de gente. La manifestación de Berlín fue espectacular. Un periodista del Täglishe Rundschau relataba con entusiasmo: “No se conocen entre ellos. Pero todos se sienten rebosantes de una emoción poderosa: ‘guerra, guerra’, y de un sentimiento de comunidad”. Este sentimiento de comunidad significaba, a sus ojos, la superación de la división entre burgueses y obreros, todavía características de la víspera. Stefan Zweig describía en términos parecidos su experiencia en Viena días tras el estallido de la guerra: “Centenares de miles de personas sentían por primera vez que pertenecían a una gran nación”.

Modris Eksteins se pregunta en Rites of Spring (1989) si, sin movilizaciones multitudinarias como la de Berlín, los líderes políticos y militares habrían ido a la guerra de una manera tan pronta. Su respuesta es negativa. Eksteins subraya el caso del Alemania, donde quienes debían tomar la decisión se habrían sentido irremediablemente impulsados por lo que quisieron interpretar como un mandato popular de buscar en la confrontación bélica una salida al conflicto. Tal vez no, tal vez sí. Pero, como apunta David Stevenson en 1914-1918, los alemanes se arriesgaron a luchar contra Rusia y Gran Bretaña sin saber muy bien cómo podrían derrotarlas, usaron contra Francia un plan que sabían que era defectuoso e hicieron todo esto sin haberse planteado seriamente de qué manera la guerra podía solucionar los problemas que hasta entonces habían mirado de arreglar por medio de la diplomacia.

Si se juzga por los resultados, que fueron terribles, no parece que este salto hacia lo desconocido fuera una decisión muy acertada. Pero conviene no olvidar que entonces en Alemania los cálculos racionales sobre la posibilidad de lograr objetivos políticos o económicos tenían mala prensa. Las justificaciones contemporáneas de la guerra preferían hablar de grandes principios y despreciaban el lenguaje liberal del interés. El relato dominante era que Alemania había entrado en guerra en defensa de su propio honor y en nombre de unos valores que otros pueblos debían compartir. En 1916, Max Weber aún decía que el objetivo de la guerra era la dignidad de Alemania y no las ganancias. Fueron los desastres de la derrota los que lo llevaron a concluir que la ética de la responsabilidad era la única aceptable para los políticos, que no debían decidir sin tener en cuenta las posibles consecuencias que sus acciones podían tener sobre la población que aparentemente los impulsaba a llevarlas a cabo.

(La Vanguardia)