¿Qué se esconde detrás del diputado con pinta de ‘rocker’ de extrarradio y discurso pausado pero retador?
"No quiero acostumbrarme a la política. Por suerte, cuando llego a casa tengo la misma pila de platos para fregar. Y eso es muy sano"
Esta entrevista empezó días antes del 1 de octubre en un despacho vacío de ERC en el Congreso (Gabriel Rufián no tiene despacho propio) y terminó por teléfono, unos días después, para hablar de lo ocurrido ese domingo en Catalunya. No hubo cuestionarios acordados. Ni él ni ERC han pedido revisar este texto
Decía Hitchcock que lo importante de un actor era que su fisonomía transmitiera los atributos del personaje. Gabriel Rufián (Santa Coloma de Gramanet, 1982), con sus ojos pequeños e incisivos, su porte de rocker de periferia –a medio camino entre una criatura de Loquillo y el Dandy del extrarradio al que cantaban Sidonie– y su retadora pausa al hablar, se ha convertido en uno de los rostros más conocidos de la política, el enfant terrible del Congreso de los Diputados. Para el observador español es algo así como el poli malo del independentismo, la contraparte del paternal viejo marinero Joan Tardà que encarnaría todo lo afable. Ataviado con sus camisetas de Harry Potter, es el ariete de la nueva política de ERC ante la sonora irrupción de las formaciones de Pablo Iglesias y Ada Colau. Paradójicamente, su personalidad es poco expansiva. Hijo único, se crió rodeado de adultos (mujeres, subraya él) y tardó en hablar. Necesitó un logopeda para arrancarse y no lo cogió con entusiasmo.
Silencioso, pues, desde chaval, a diferencia de Tardà, Rufián improvisa poco o nada, mide lo que dice y aún hoy es taciturno, si no tímido. Y risueño.
- Solo atendiendo a la televisión, ya le conocemos unas cuantas camisetas de Harry Potter. ¿Qué tiene con ese personaje?
- Pues siento desilusionar, pero más que yo, que sí que es cierto que me gusta la saga, tanto cinematográfica como literaria, es cosa de mi entorno. Tengo alguna persona muy cercana que es mega fan de Harry Potter. Y sí es cierto que, en cuanto a camisetas, en momentos como el que vivimos hay algún mensaje que igual llega más que otros.
- Por ejemplo, el del elfo: “Dobby is a free elf”.
- Pero también ocurre que muchas de las cosas que hacemos, o que hago yo a nivel particular, tampoco tienen tanta intención.
- O sea, que no pierde una hora cada mañana pensando en una indumentaria ad hoc para el orden del día…
- (Risas) No. Cada uno se adapta en función de lo que siente. Y tampoco quiero ser el chico de la camiseta, quiero llevarlo con la normalidad que se pueda y huir de los clichés. La derecha, o el poder, porque al PSOE también le pasa, te quiere de una manera determinada. Enfadado, con camisetas… De vez en cuando no está de más ponerse un traje. De hecho, Gramsci y Marx llevaban traje y corbata (risas).
- ¿Usted es malo o lo han dibujado así, como diría Jessica Rabbit?
- La pregunta no es tanto por qué nosotros hacemos lo que hacemos sino por qué nadie más lo hace. Porque siempre me ponen el mismo ejemplo con el rollo este de las formas. En cuanto hicimos el debate de investidura, con la traición del PSOE, ¿te acuerdas?
- Sí, usted leyó a la Cámara los tuits de los militantes socialistas decepcionados, y provocó las iras de la bancada del PSOE.
- Al final hicimos algo que se demostró que era tal cual: intentamos reflejar la traición de ese partido aquella tarde, y se demostró en la reelección de Pedro Sánchez, que defendió el “no”. Cuando llamamos gánster al director de Antifraude, Daniel de Alfonso, en la comisión sobre la Operación Catalunya, lo dijimos porque lo pensábamos, y así se demostró en la comisión. Repito, al final no es tanto por qué decimos lo que decimos sino por qué nadie más lo hace.
- Pero hay también una cuestión de tono. No sé si es deliberado, pero el suyo suele ser desafiante.
- Yo no me suelo ver, es rara la vez que veo luego mi intervención. Alguna vez lo he hecho y he pensado: “Qué duro suena, a mí no me sonaba así mientras lo decía”. Pero son formas de ser. Joan Tardà lleva diciendo cosas durísimas toda la última década, pero no parece tan agresivo. Es un poco como lo que les pasa a Errejón y a Iglesias. Yo, a Errejón, que lo he seguido desde La Tuerka, le he oído reflexiones muy duras, pero sonaba bien. En cambio, Iglesias, a veces, era mucho más light y parecía mucho más duro. Lo mismo que Alberto Garzón. Yo le he escuchado en el atril del Congreso decir cosas muy duras, justificadamente duras, y no suenan tan mal. El otro día un compañero tuyo me decía: “Suenas a barrio”. Bueno, por un lado, me siento orgulloso, y por otro, espero no cambiar mucho
- Un periodista me ha dicho que eres “pura Santa Coloma”.
- (Risas) Pues igual tiene razón. Y lo digo con mucho orgullo, para mí no es ninguna vergüenza. Sí, recuerdo que cuando llegué al Congreso había una cantinela de periodistas que me preguntaban: “Pero a ti qué te pasa… ¿se te calienta la boca?”. Y no, yo jamás he dicho nada en el Congreso que no haya pensado antes bastante. Ni siquiera en las redes sociales. Todo está calculado para bien o para mal. Nos podemos equivocar, de hecho, nos equivocamos bastante, como mucha gente. Pero intentamos hablar a los que nos pueden ver en la tele, en YouTube, en las redes… para que les chirríen las cosas, que se pregunten, “¿cómo es posible?”. Y eso es una obsesión, lo reconozco.
- ¿Cómo empezó su politización?
- Como tantos otros. Vengo de un entorno familiar muy politizado, en mi familia había debates de política en cada comida. Cada Telediario era un debate. Aprendí nombres de ministros antes que nombres de futbolistas. Cuando eres un crío eso te supone problemas, porque tus compañeros están interesado en otras cosas, pero yo me alegro de que me lo hayan inculcado.
- ¿Y el paso a la política?
- Bueno, es que me ofrecieron hacer política con Joan Tardà, que es como si siendo muy culé te ofrecen jugar al fútbol con Messi. Pues aunque seas malísimo dices: “Vale”. Cualquiera que se sienta de izquierdas y le ofrezcan hacer política con Tardà, como en su momento con Labordeta, con Anguita o con Beiras, dice que sí o es que tiene algún problema.
- ¿Se ve mucho tiempo en esto?
- Yo quiero que todo esto sea especial. No quiero acostumbrarme. El otro día escuché decir a Pablo Iglesias, y estoy de acuerdo, que al final, el ujier que te trata bien, la moqueta, el asiento, el llamar y tener un billete enseguida… No hay que olvidar que todo eso es Mátrix, y que te tienes que tomar la pastilla roja cada mañana y saber que es irreal. Tengo la suerte de que sigo yendo con la misma gente, viviendo en el mismo sitio. Por suerte cuando llego a casa tengo la misma pila de platos para fregar, por muy bien o mal que lo haya hecho aquí. Y eso es muy sano.
- ¿Cuáles son sus tareas en casa?
- Hago de todo, friego, hago la colada…, pero odio planchar.
- ¿No se le da bien?
- Yo creo que podría estar toda mi vida planchando y no conseguiría que me saliera bien.
- ¿Cómo ve el ambiente social después del 1-O?
- Algo esquizofrénico, porque veo dos realidades. En Catalunya hay una mezcla rara, entre la satisfacción por haber votado de forma heroica y la rabia y el dolor por la desproporción de la represión. Pase lo que pase a nivel político. Y luego asistimos al cinismo del Gobierno, y también al del PSOE intentando cubrirlo todo con otro relato.
- ¿Cree que puede ir a la cárcel?
- Sí.
- ¿Le da miedo?
- No.
- Y en su entorno familiar, ¿se ve como un sacrificio justo?
- Aquí se viene llorado de casa. Me sorprende la candidez de según qué izquierda respecto al Estado y al PP. Siempre han sido esto.
(Pedro Vallín, Fashions Arts Magazine, La Vanguardia)
