Maldito petróleo kurdo

Un soldado iraquí leal al Gobierno de Bagdad quita una bandera kurda de un edificio de Kirkuk, capital petrolera ahora en manos iraquíes
El conflicto de Irak

El petróleo había de ser el carburante de los anhelos kurdos. Sin embargo, en un Estado tan inflamable como Irak, sometido a la codicia de propios y extraños, el oro negro ha terminado pulverizando la promesa kurda de emancipación y democracia. La súbita pérdida de Kirkuk –la capital soñada– es también la pérdida de la inocencia para un pueblo que creyó tener de su lado a algunas de las potencias y corporaciones más poderosas del mundo.

Uno de los hombres que, a sabiendas o no, más contribuyeron a alentar la ensoñación kurda fue Rex Tillerson, director ejecutivo de ExxonMobil cuando hace seis años esta fue la primera major que se aventuró a cerrar tratos directamente con Erbil. Y el mismo que ahora, como secretario de Estado de EE.UU., ha denegado el reconocimiento de su referéndum de independencia.

Lo mismo se puede decir de Ankara, que ha enterrado sus rencillas con Bagdad y Teherán para abortar el independentismo kurdo y su posible exportación. El actual ministro turco de Energía, Berat Albayrak –a la postre, yerno del presidente Recep Tayyip Erdogan–, era director ejecutivo de la firma que levantó el gasoducto entre la Región Kurda de Irak (RKI) y Turquía. La conclusión de este, hace cuatro años, permitió a los kurdos exportar su crudo a espaldas de Bagdad y soñar a lo grande.

Las reservas de hidrocarburos de la RKI –aun representando sólo un tercio del total de Irak– son superiores a las del golfo de México o Nigeria. Son, además, de extracción barata. Durante los últimos tres años, dos de cada tres barriles exportados por las autoridades kurdas provenían en realidad de los pozos de Kirkuk y otras zonas disputadas.

El flujo de petróleo ha demostrado ser el lubricante perfecto del caciquismo, que ha atrincherado aún más a las dos familias dominantes: los Barzani en su feudo de Erbil y Dohuk y los Talabani en Suleimaniya y Kirkuk.

El acomodo de un millón y medio de desplazados, el esfuerzo bélico contra el Estado Islámico, el bajón en los precios del petróleo y la pésima administración han hecho que, en apenas tres años, la RKI pasara de soñar con ser Kuwait a perder el sueño para poder pagar entre un tercio y la mitad del salario a sus funcionarios y peshmergas. Unos y otros suman el 80% de la población activa, a menudo en empleos imaginarios. Mientras, turcos y libaneses dominan el comercio.

La bancarrota de las arcas kurdas se proyecta a años vista, puesto que el endeudamiento del ­Gobierno kurdo con petroleras extranjeras tiene como aval extracciones futuras. La corrupción es rampante y, según un diputado de la oposición, el año pasado desaparecieron hasta mil millones de euros por trimestre en exportaciones de petróleo no fiscalizadas. Valga como ejemplo que a la exesposa del ministro de Energía kurdo se le encontraron bienes por valor de doscientos cincuenta millones de dólares, y fue condenada a cuatro años. Pero la rapiña de los jerarcas, según el segundo partido, Gorran (Cambio), está a buen recaudo en Londres, Dubái o Turquía.

Tras décadas de opresión, la RKI ha sido un refugio eficaz para los kurdos –e incluso para no pocos árabes y cristianos–, pero la prosperidad sigue siendo un espejismo para la mayoría.

Pudo ser distinto. La Constitución federal iraquí del 2005 reconocía la titularidad estatal de los pozos de petróleo ya existentes y garantizaba a los kurdos un 17% de los ingresos federales por exportación de petróleo, de acuerdo con su población (aunque los kurdos niegan haber recibido en la práctica más de un 11%).

La Carta Magna aprobada tras el derrocamiento de Sadam Husein también garantizaba a los kurdos los derechos de nuevos yacimientos, dentro del límite de la RKI.

A partir del 2007, el Kurdistán empezó a adjudicar bloques de exploración a empresas extranjeros, pero sólo algunas de tamaño medio se atrevieron con la inseguridad física y jurídica y la furia de Bagdad. Se trataba de empresas como las británicas Heritage o Keystone, la estadounidense Hunt o la surcoreana IU, a menudo retiro dorado de funcionarios y políticos estadounidenses y británicos que habían sido clave en la invasión de Irak. Otras, como Genel, con el financiero Nat Rots­child a la cabeza, ficharon al ex-número uno de BP y se aliaron con empresas turcas para entrar en el avispero kurdo.

Pero Exxon pertenecía a otra liga y Tillerson enfureció al embajador estadounidense al revelarle el trato horas antes de su firma. Luego el primer ministro Al-Maliki llegaría a advertir a Exxon que si perforaba en las afueras de Kirkuk lo consideraría “un acto de guerra”. El Washington Post llegó a titular que “el contrato de Exxon fomenta rumores de guerra civil”. Y es que tres de sus seis bloques estaban en zonas disputadas, como Kirkuk. Pero la guerra de verdad llegaría un año y medio más tarde, con el Estado Islámico, y cuando Obama en respuesta, en el 2014, tuvo que volver a entrar en combate en Irak para salvar Erbil, donde había “miles de estadounidenses”. Y salvar a Exxon.

En su día se acusó a Masud Barzani de utilizar a Exxon y compañía para extender sus fronteras. “Son un seguro”, habría reconocido. Pronto llegaron los franceses de Total, y así hasta cuarenta empresas. Hasta Repsol está presente allí, tras su adquisición de la canadiense Talismán. Barzani busca ahora nuevas pólizas, como la rusa Rosneft, con la que firmó antes del referéndum.

- Barzani dimite de la presidencia kurda tras el fiasco del referéndum.

Masud Barzani dejó ayer la presidencia del Kurdistán kurdo tras un mandato prolongado varios años
Aplazadas sine die las elecciones en la región autónoma del norte de Irak

El referéndum unilateral de independencia celebrado hace un mes en la Región Kurda de Irak (RKI) se cobra su primera víctima política de peso. Nada menos que su propio instigador, el presidente Masud Barzani, que ha decidido abandonar el cargo ayer domingo. Así se lo comunicó ayer a la Asamblea Regional, por carta, antes de hacerlo en un mensaje televisado.

En su tradicional uniforme de peshmerga, Barzani calificó su precipitado referéndum de independencia de “hito imborrable”, que en el fondo era “una propuesta de paz para negociar”. También ha criticado su uso por parte del Gobierno de Bagdad para justificar la toma de Kirkuk, ya que dicha ofensiva “se hubiera producido de todos modos”.

La renuncia de Barzani no es incondicional y completa. Sin elecciones presidenciales a la vista, propone una redistribución de sus competencias entre el Gobierno –el primer ministro es su sobrino–, el Parlamento y la judicatura. El 1 de noviembre deberían celebrarse elecciones legislativas, pero han sido aplazadas sine die, en medio de las enormes tensiones entre Erbil y Bagdad, que hace quince días retomó todos los territorios constitucio­nalmente federales y de estatus final sujeto a censo y referéndum, de los que las autoridades kurdas se habían ido adueñando en los últimos años, y singularmente durante el caos provocado por la amenaza de Estado Islámico.

El mandato de Barzani expiró hace años y fue prorrogado de forma polémica en un acuerdo con sus socios de coalición y rivales históricos de la Unión Patriótica de Kurdistán (UPK), pero incluso esta prórroga caducó hace más de dos años.

El Parlamento kurdo había sido coaccionado a no reunirse desde hace un par de años, para evitar la destitución de Barzani. Sin embargo, su pacto con el UPK hace agua tras la pérdida de Kirkuk, mientras que el primer partido de la oposición, Gorran, lleva tiempo pidiendo su dimisión.

Ayer hubo algunos disturbios frente a la Asamblea. Sin embargo, los Barzani no van a salir de escena. Tanto por el carácter caciquil de la sociedad kurda como por ser los garantes de los intereses petroleros extranjeros invitados al Kurdistán durante los últimos diez años, con condiciones menos transparentes y más ventajosas que en Bagdad, donde la corrupción también campa.

Con la dimisión de Barzani, de 71 años, termina una época de la resistencia kurda, tras la muerte, hace un mes, de su rival durante décadas, Yalal Talabani, con cuyo partido ahora gobernaba –aunque cada uno en su feudo y sin mezclar sus milicias–, pero con el que entabló una guerra civil a mediados de los noventa.

Barzani heredó su ascendente de su padre, jefe militar de la efímera república kurda creada en Irán al calor soviético, en los años cuarenta. Barzani y su Partido Demócrata del Kurdistán (PDK) representan el vector más conservador y caciquil de la sociedad kurda. Aunque es justo reconocer que en los últimos años los kurdos se han acercado más que nunca a la consecución de un espacio de soberanía y protección de su lengua e identidad.

Del mismo modo que a mediados de los noventa se alió con Sadam Husein contra Talabani para hacerse con el control de Erbil, en los últimos años su política estuvo marcada por el acercamiento a la Turquía de Erdogan, paso obligado para la exportación de crudo a espaldas de Bagdad. A cambio, Barzani mantenía en la intemperie al PKK y a sus afiliados. Pero el referéndum ha sellado su suerte, al unir en su contra y a favor del Gobierno federal a Ankara y Teherán, sin lograr más reconocimiento que el de Israel.

(Jordi Joan Baños, La Vanguardia)